miércoles, 26 de mayo de 2010

¿Subespecies o razas?



  La división de determinadas especies en subespecies se está poniendo cada día más en duda. No quiere decir esto que no existan diferencias que merezcan ser mencionadas a la hora de distinguir distintas poblaciones de una misma especie, desde el momento en que dos poblaciones quedan separadas comienza sin duda un proceso de diferenciación.
  No obstante, la especiación habrá de ser un proceso lento por necesidad, incontables generaciones y la necesaria supervivencia de ambas poblaciones, siempre separadas, hasta que la diferenciación genética abra el abismo entre los dos grupos. En la mayor parte de esta humanizada tierra, todas estas condiciones juntas se me antojan casi impensables. Acabaremos translocando ejemplares, extinguiendo al menos uno de los grupos o seremos nosotros los que cambiemos o desaparezcamos del escenario antes de que la diferenciación concluya.
  Ejemplo tenemos con la cabra montesa. Dividida y fragmentada en la península desde tiempos inmemoriales -pero históricos-, creamos hasta  cuatro subespecies para diferenciarlas. Manchas algo mayores, diferencia de tamaño o tamaño de las cuernas evocan el cuello de botella por el que pasaron los cuatro grupos. Finalmente acabamos con dos de los cuatro y a punto estuvimos de hacerlo con los otros dos antes de que las medidas de protección y el descenso de la presión humana –cosa que nunca se nombra, pero está ocurriendo-, llevaran a las cabras a reexpandirse.
  Aquí viene lo curioso, la subespecie hispanica ha cruzado el Ebro por su propio pié y se dirige hacia las sierras prepirenaicas-lo siento, no encuentro la noticia para enlazar-, si no hay mediación humana, llegará a dominios del extinto bucardo. Si unas cabras pueden hacer hoy esta travesía, con una menor presión humana habría pocos desplazamientos en la península que no pudieran hacer pues si antes del hombre había lobos, también había muchas más cabras.
  Parece que si seguimos como hasta ahora, concentrándonos en ciudades y vaciando el medio rural, muchas de las subespecies que pueblan los montes, no solo ibéricos sino de toda Europa, están condenadas a ¿desaparecer?.

miércoles, 21 de abril de 2010

Muflones

                                                      Ovies musimon en Wikipedia.

 Pocos y mal repartidos, esta es la situación del muflón en Aragón. Contamos con el muflón como una especie introducida, objeto de caza y por lo tanto ubicada en un puñado de cotos dispersos por nuestra geografía, sin embargo, hasta que fue exterminado, el muflón convivió con el hombre en la península. Podemos servir la polémica bien calentita, ¿debemos potenciar la presencia del muflón como especie autóctona o controlarlo como a un invasor?.

 El muflón se vio abocado a la extinción por dos causas principales, la presión de los cazadores primitivos y la competencia posterior de sus parientes domésticos con lo que dado que nuestros re tatarabuelos acabaron con él, no debería quedarnos duda a cerca de lo que hemos de hacer.

 Hoy en día somos capaces de controlar la presión cinegética sobre una especie para que no solo no desaparezca, sino que medre y se extienda por allá donde se lo permitamos. Primer escollo sorteado, esto lo hacemos con todas las especies.

 En segundo lugar, su nicho ha estado ocupado durante siglos por la ganadería doméstica pero ésta se halla en regresión en su modalidad extensiva, buena parte del nicho del muflón está vacío y ante la falta de especies propias de éste lo que debieran ser estepas o praderas están siendo ocupadas por garrigas o bosques, seguramente estos con especies inadecuadas, que no vamos a pedir a la naturaleza que recomponga en cien años lo que nos a costado unos cuantos milenios reventar. Con los muflones, y algún otro animalico que falta para completar estos hábitats, aquello que debería ser estepa, pradera o dehesa iría tomando su forma original ahora que nuestra interferencia en el medio silvestre es menor.

viernes, 26 de marzo de 2010

Expansiones




 De unos años a esta parte estamos asistiendo a un curioso y feliz fenómeno, la recuperación de la fauna autóctona de manera, me atrevería a decir, sorprendente.

 Si en muchos casos podemos decir que una gestión adecuada de los recursos y el eficaz trabajo de quienes se ocupan de ello ha tenido buena parte de la culpa, como en el caso del quebrantahuesos, en otros resulta más complicado el acotar las razones.

 Especies que se habían convertido en rarezas limitadas a escasos rincones de nuestra geografía, como nutrias, corzos, conejos o incluso la cabra montesa, se están extendiendo por lugares en los que no se les recordaba. En muchos de estos casos, se están produciendo curiosos fenómenos en la distribución de estas especies en Aragón.

 En casos como los de corzos y cabras, están ocupando nichos que no deberían ser los adecuados para ellos. Parece ser que varios fenómenos facilitan que se instalen en lugares que, ni son  boscosos, ni los territorios escarpados que esperaríamos. Ante la ausencia de depredadores (fuera de algún perro asilvestrado que suficiente tiene con sobrevivir), competidores(ya que hace tiempo que exterminamos a las especies que ocupaban estos nichos y la ganadería extensiva está desapareciendo a marchas forzadas), y la menor presión cinegética a la que están sometidos (si ahora puede parecer que hay muchos cazadores, no olvidemos que hace cincuenta años había una escopeta en cada casa disparando a todo lo que se comía, lazos, cepos y otras muchas trampas), los que han quedado ocupan cuanto pueden.

 Otros como nutrias, conejos o el visón, si creemos lo que de este se dice, vuelven a lugares de los que nuestra presión los había sacado, ocupando incluso los alrededores de las ciudades, en el caso de la nutria,  o dejando sin poblar lugares donde antaño fue abundante pero ahora no se adapta, como el conejo (¿qué pasa con el conejo para que no se adapte a lugares que eran los suyos?).

 Buenas noticias para muchas especies y esperanzadoras para otras que todavía no han comenzado esta recuperación, algo pasa en nuestra sociedad, incluso al margen de las medidas medioambientales que se toman, que permite que fauna y flora, de la que no he hablado hoy, comiencen, despacio, a recuperar el terreno perdido.